martes, 24 de abril de 2007

Reflexiones de un tío a punto de palmar

La de veces que me han dicho que acabaría mal y nunca llegué a creérmelo, y ahora allí estaba, a punto de estirar la pata y con los cupones de descuento del Caprabo sin usar. Es que tiene cojones, toda la vida siendo del puto club cliente y ahora no me valen para nada los vales. En fin, que le vas a hacer. Siempre hice caso a eso de ahorrar, y justo antes del juicio en el que me jugaba la vida, pierdo la tarjeta de crédito y me roban. Total, que me representó un abogado de oficio y aquí estoy. Siempre supe que las personas morían, pero nunca creía que yo también lo haría.
La gente dice que antes de morir ves pasar ante ti toda tu vidas. Pues buen, en la noche anterior a mi muerte, recordé toda mi vida, que se resume en dos grandes momentos, dos momentos clave. El primero de ellos es el instante en el que atropellé a una vieja durante mi exámen del carné de conducir. El segundo es el momento en el que un conejo me mordió en un dedo. Que triste. Aquel episodio marcó mi vida para siempre. Cómo olvidar el día en el que entré en una tienda de mascotas a la edad de tres años. Sí señor, era un conejito blanco, que movía los morros de una forma muy graciosa. No pude parar de reír. ¡No toques al conejo, cerdo! Me dijo el tendero amablemente. Pero yo era un rebelde así que acaricié el suave pelaje del animal, y el asqueroso me pegó un mordisco. Eso me causó un trauma. Desde aquel día consideré a los conejos como una especie superior, máquinas de matar, auténticos terminators. ¿Cómo iba a ir por el buen camino si Buggs Bunny me incitaba a la violencia? Tras varios fracasos escolares provocados por incidentes relacionados con Buggs Bunny, dejé el colegio, me escapé de casa y busqué un trabajillo. Como lo único que se me daba bien era el asesinato, decidí anunciarme en el periódico. Aún lo recuerdo, joven trastornado asesina por módico precio, sin malos rollos, sólo negocio. Todavía no se por qué no lo publicaron en los clasificados. Cosas peores ponen en la radio. El caso es que decidí darme a conocer simulando un secuestro en un barrio controlado por la mafia. Busqué a un amiguete de la infancia, fui al barrio chungo, subimos a una azotea y le apunté con una pistola. La gente empezó a arremolinarse a los pies del edificio y entonces mi amigo decidió lanzarse al vacío, tipo concierto de rock pero desde más alto. El tortazo fue espantoso. No he vuelto a ver a mi amigo, me pregunto qué le habrá pasado.
Tras ese pequeño incidente, unos gangsters me secuestraron a mi. Les dije que era un asesino a sueldo y me dieron la posibilidad de trabajar con ellos. El primer encargo que me hicieron fue el de asesinar a un tipo que les debía dinero. La noche anterior al trabajillo no pude dormir, echaban una película por la tele. Cuando llegó la hora del asesinato, fui a casa del hombre al que debía matar y le esperé sentado en el sofá. Cuando el tío llegó le apunté con el arma, muy tembloroso. El tipo era un señor calvo de unos cuarenta años. Me preguntó si era la primera vez que le disparaba a alguien y le dije que sí. Como yo estaba muy nervioso, nos sentamos a hablar y a tomar una tila para tranquilizarme, me temblaba tanto el pulso que no podía disparar. El tipo me dijo que te acostumbras a disparar a la gente con el tiempo. Pasado un rato me puse de pie y le dije bueno, te tengo que matar que llevo prisa. Pero los nervios volvieron a dominarme. Mierda, para un trabajo que me dan, y me pongo nervioso. Tuve suerte, el tipo era un hombre solidario y para no hacerme pasar por el mal trago se pegó un tiro él mismo. Tranquilo chaval, ya lo hago yo para que aprendas, dijo antes de volarse la cabeza. Aún no le he dado las gracias por lo que hizo, tengo que llamarle algún día para invitarle a un café.
El caso es que, con el tiempo, fui ganando fama en el negocio. Era uno de los asesinos más famosos de la ciudad. La gente me paraba por la calle, tío tienes que hacerme un favor, mata a este, o mata a aquel, todo era felicidad, pero un día decidí cambiar de aires. Iba a enfrentarme a mi mayor pesadilla, los conejos. Aunque a esas alturas de la película ya había probado varios, a los que pensaba enfrentarme no formaban parte de la anatomía femenina. Me hice cazador. Fue mi época dorada, naturaleza, animales (sobre todo muertos), asesinos enterrando cuerpos, tráfico de armas y drogas,... Sí señor, pura felicidad. Pero un día traté de crear un incendio controlado con tan mala suerte que se me fue de las manos. Tuve que escaparme de aquel lugar para no volver nunca.
El segundo punto de inflexión en mi vida fue cuando decidí hacerme taxista. Llevar a gente de un lado a otro, cadáveres en el maletero, sacarme unas pelas transportando drogas, y, de vez en cuando, asesinando a alguien. Pero para ser taxista necesitaba un carné de conducir. Mi profesor de auntoescuelo era un tipo peculiar, siempre fumando porros, y escuchando rigui (o como coño se escriba). El caso es que durante mi exámen me dio unas caladitas, y entre risa y risa no vi a una vieja que cruzaba por el paso de cebra y me la llevé por delante. Tiene gracia, toda una vida dedicada al crimen, y cuando por fin decido voplver a la buena senda, me meten a la cáecel y me condenan a muerte. Moraleja, no seas bueno.
Mi estancia en la cárcel fue aburrida, porque estaba recluido en una celda de aislamiento (les dio por decir que yo estaba loco), y mi única compañera era una rata. Charlábamos todos los días, hasta que decidió robarme el tabaco. Como venganza la maté y me la comí, pero contraje unas fiebres que casi me matan, porque el médico no me visitaba (decía que era fuerte como un roble). El caso es que al final me recuperé, y ¿para qué?, para ser ejecutado. Lo bueno de mi ejecución es que es al aire libre. Necesitaba respirar aire fresco, el tabaco me terminaría matando. Mientras me llevaban al paredón le comentaba al guardia lo bien que me sentía al volver a pisar la calle. El suelo estaba mojado, y al pasar por un puente resbalé y casi me caigo. Tuve suerte, podría haber llegado a morir porque la altura era considerable. Por fin llegamos al poste de ejecución. Un lugar ciertamente cómodo, aunque las manchas de sangre me sorprendieron.
-Guardia, ¿qué son esas manchas del suelo?
Sí, lo recuerdo, aquella estupodez fue mi última frase antes de morir. Aunque a fin de cuentas ahora hago lo mismo que antes, nada. Lo bueno de estar muerto es que por fin he podido abandonar el régimen de adelgazamiento, ahora estoy en los huesos.

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